El corredor salmantino, trasplantado de hígado en el Hospital La Paz de Madrid hace 26 años, suma tres oros y una plata en Logroño.
Guillermo González tiene dos cumpleaños. Uno es el que marca el calendario, el día en que nació. El otro llegó cuando apenas tenía cinco años, después de una operación en el Hospital La Paz de Madrid que le permitió seguir adelante. Veintiséis años después de aquel trasplante de hígado, este corredor salmantino ha encontrado en el deporte una forma de celebrar aquella segunda oportunidad. La información la recoge larazon.es.
El último capítulo de esa historia se escribió el 4 y 5 de septiembre en Logroño, durante los XII Juegos Nacionales de Trasplantados, organizados por Deporte y Trasplante España. Guillermo compitió en la categoría M3, para deportistas de entre 30 y 39 años, y regresó a Salamanca con cuatro medallas: oro en los 5 kilómetros, oro en los 1.500 metros, oro en los 200 metros y plata en los 400.
Para él, las medallas ocupan un lugar secundario frente a lo que representa haber podido llegar a esa línea de salida. "El deporte no es un hobby más en mi vida, es la prueba diaria de que aquel trasplante funcionó, y la forma que tengo de honrarlo cada vez que salgo a correr por los caminos de mi pueblo", explica.
Cada kilómetro que corro lo corro porque otra familia, en el peor día de su vida, decidió donar. No es una frase hecha, es la razón literal de que yo esté vivo hoy
Guillermo fue operado por primera vez con apenas tres meses de vida. Dos años después, con cinco, recibió el trasplante de hígado que le salvó la vida. De aquel momento no conserva recuerdos propios. Todo lo que sabe de aquellos días procede de lo que sus padres le han contado. "Era muy pequeño, así que no lo recuerdo con memoria propia. Es una historia que conozco sobre todo por lo que me han contado mis padres, que vivieron esos días con una angustia que hoy, siendo yo mismo adulto, entiendo mucho mejor", señala.
También sabe que mientras su familia atravesaba uno de los peores momentos de su vida, otra familia acababa de enfrentarse a una pérdida. De allí salió el órgano que hoy le permite estar vivo. Guillermo nunca ha conocido el nombre de la persona donante ni ha tenido la oportunidad de hablar con su familia.
La conciencia de esa segunda oportunidad aparece especialmente cuando las piernas pesan, cuando el cansancio obliga a decidir entre continuar o parar. "Pienso en ello con más frecuencia de la que la gente imagina, sobre todo en los momentos duros de una carrera, cuando el cuerpo pide parar y yo pienso que no tengo derecho a rendirme con lo que se me ha regalado", afirma.
Su relación con el deporte no comenzó con grandes objetivos. Empezó a correr "de forma modesta, sin mucho método ni ambición", hasta que entró en un club de running y encontró allí a personas que le contagiaron la afición por la montaña. Primero llegó una media maratón, después una maratón y posteriormente las carreras de montaña. Hoy entrena a diario en Las Veguillas, combinando asfalto y monte, y compite en medias maratones, carreras de montaña y, desde hace poco, también en pista.
El camino hasta convertirse en campeón de España de trasplantados no fue un salto repentino. "Fue un proceso progresivo, no un descubrimiento de un día para otro", relata. Cada temporada fue elevando un poco más sus objetivos y comprobando hasta dónde podía llegar. Siempre con seguimiento médico y sin asumir riesgos innecesarios. "Cada vez que lo cumplía sin que mi cuerpo dijera basta, ganaba algo de confianza. Ser campeón de España en Logroño es, en cierto modo, la confirmación de hasta dónde ha llegado ese proceso", explica.
Su rutina tampoco se limita a salir a correr. Combina tiradas suaves, series y montaña y presta una atención especial a aquello que un corredor sin su historial no necesita vigilar de la misma manera. El seguimiento médico, la medicación y la respuesta del organismo ante las cargas más exigentes forman parte de su preparación. También hay días en los que toca parar. "Los hay, como le pasa a cualquier deportista, y en mi caso aprendo a escuchar esas señales sin forzarlas, hay días en los que la sesión se convierte en descanso activo o directamente en parar, porque sé que a medio plazo eso protege tanto mi rendimiento como mi salud", afirma.
El deporte, en ese sentido, ha terminado formando parte de su manera de entender la recuperación. "El deporte ha sido mi manera de demostrarme, año tras año, que el trasplante no fue un punto final sino un punto de partida", resume. Cada entrenamiento y cada carrera se convierten así en una forma de comprobar que aquel órgano recibido hace 26 años continúa siendo el motor de una vida que ha ido mucho más allá de la enfermedad.
A Logroño llegó con expectativas moderadas, especialmente porque nunca había competido anteriormente en las pruebas de pista. Las cuatro medallas confirman su progresión y su compromiso con el deporte como herramienta de visibilización de la donación de órganos.

