El metro cuadrado supera los 4.000 euros en Baleares, la región más cara de España. Muchos trabajadores optan por caravanas y furgonetas, pese a las prohibiciones municipales.
El precio de la vivienda en Baleares ha empujado a muchos trabajadores a vivir en caravanas, furgonetas o tiendas de campaña. El metro cuadrado supera de media los 4.000 euros en el archipiélago, según datos del Consejo General del Notariado, lo que convierte a la región en la más cara de España, por delante de la Comunidad de Madrid (3.363 euros), País Vasco (2.783 euros) y Cataluña (2.406 euros). Un piso de unos 80 metros cuadrados no baja de los 320.000 euros.
La situación se agrava con la última estadística del INE, publicada este lunes, que señala que la vivienda se ha encarecido un 12,2% en el segundo trimestre de 2026, encadenando 45 trimestres al alza. La subida ha sido especialmente intensa en el mercado de segunda mano, con un 7,4% desde diciembre, mientras que en la vivienda nueva el incremento acumulado es del 4,6%.
En Ibiza, las ordenanzas municipales de casi todos los ayuntamientos prohíben la acampada y la pernocta, lo que restringe la posibilidad de permanecer en vehículos durante períodos prolongados. Además, la ley de control de la afluencia de vehículos prohíbe la acampada en suelo rústico fuera de los campamentos turísticos legales.
Uno de los casos que refleja esta realidad es el de Pablo S., un trabajador que durante cerca de cinco años, entre 2017 y 2023, estuvo instalado en un asentamiento improvisado en la zona de Sa Joveria, detrás del hospital Can Misses. Allí reunió caravanas de personas que no conseguían acceder al mercado inmobiliario de la isla, convertida en un destino de lujo a precios prohibitivos. Fue desalojado por la Policía Nacional por posibles riesgos para la salud pública e inseguridad, según las autoridades. El espacio volvió a concentrar este 2026 a más de un centenar de trabajadores, pero fue desalojado de nuevo en abril por las mismas razones.
Pablo S. ya no reside de forma permanente en Ibiza y solo regresa en verano para trabajar. Hace cuatro años intentó buscar una vivienda junto a su pareja para formar una familia, pero descartó esa posibilidad por el precio de los alquileres y decidió marcharse. “No soy ibicenco de nacimiento, pero es muy triste ver cómo quienes han nacido aquí y tienen trabajo se ven obligados a marcharse del lugar donde crecieron, donde tienen a su familia y amigos”, añade. Entre las personas que ha conocido en los asentamientos menciona a madres solteras desahuciadas, mujeres mayores empleadas en sectores con salarios bajos como la limpieza, y matrimonios de jubilados que buscan vivir cerca de sus hijos.

