Madrid vive un septiembre atípico: la F1 y los conciertos de Shakira atraen a miles de visitantes que buscan una experiencia completa. El columnista reflexiona sobre el nuevo modelo turístico.
El fin de semana en que coinciden los conciertos de Shakira con el Gran Premio de Fórmula 1, Madrid presenta un aspecto de aeropuerto internacional sin techo: hoteles llenos, restaurantes con doble turno, taxis cruzando la Castellana y grupos de turistas siguiendo a guías con micrófono. Según publica abc.es, la ciudad ha pasado de ser un lugar de paso para reuniones o trámites a convertirse en un destino en sí mismo, algo que antes se reservaba a las ciudades con mar o con una torre inclinada.
El columnista, que firma la pieza, observa que ya no basta con viajar: ahora se vende la experiencia madrileña completa, con coche, concierto, museo, azotea, croqueta y puesta de sol en el viaducto de Segovia. Todo ello aderezado con el chocolate con churros, la foto en la Plaza Mayor, la compra de un recuerdo con la palabra MADRID y el inevitable bocadillo de calamares. «Hemos entrado en la era del Madrid 360», escribe, un término que considera «bastante meo».
La nueva fórmula exige reserva previa, código QR y un lugar que las redes sociales hayan bendecido como secreto. Mientras tanto, el Madrid de siempre continúa: el señor que baja a por el pan esquiva a seguidores de Shakira, el vecino de Barajas ve cómo un monoplaza alcanza los 300 km/h mientras él tarda 40 minutos en recorrer cuatro glorietas, y el camarero de toda la vida ya no sirve cañas, sino una «beer experience». El bocadillo de calamares, antaño solución honrada por cuatro perras, se presenta ahora como «inmersión gastronómica en la identidad castiza».
El autor sostiene que a Madrid estas cosas le sientan bien porque nunca ha preguntado de dónde viene nadie. «Aquí uno llega, se baja del tren, protesta por el tráfico y a las dos horas ya está diciendo que la calle Alcalá está imposible con las obras», afirma. Y concluye que los visitantes encontrarán una ciudad mejor que la de Instagram, la que aparece cuando se acaba el concierto y uno termina en una barra cualquiera preguntando si al yayo le sienta mejor la ginebra seca. «Eso todavía no viene incluido en el paquete y puede que sea el salvavidas que necesitamos los demás».
El columnista reconoce el éxito de la F1 y de Shakira, pero advierte del riesgo de convertir a Madrid en «carne de agencia de viajes». «Puede que un día bajemos al bar y veamos a Pablo, nuestro camarero de siempre, vestido de sirena porque se va a construir una bahía entre Mariano de Cavia y Vallecas», ironiza. «Y eso será más difícil de recuperar».

